“Teherán en silencio: la capital iraní se vacía tras los ataques de EE.UU. e Israel”
El miedo se ha convertido en un compañero constante para quienes aún resisten en Teherán. Samireh, una enfermera de 33 años que prefiere mantener su apellido en reserva, describe con voz temblorosa la desolación que ahora domina la capital iraní. “Da terror caminar por calles que antes bullían de vida y hoy parecen fantasmas”, confiesa. La ciudad, que normalmente alberga a unos 10 millones de habitantes, luce irreconocible: avenidas vacías, comercios cerrados y un silencio roto solo por el estruendo de las explosiones. “Es como si aquí nunca hubiera vivido nadie”, murmura, mientras el eco de una nueva detonación resuena a lo lejos.
Por cuarto día consecutivo, Teherán amanece bajo el asedio de bombardeos que han transformado su horizonte en un paisaje de pesadilla. Periodistas de la Agencia France-Presse (AFP) documentaron cómo columnas de humo gris se alzan hacia el cielo, teñido de un azul que contrasta con la crudeza de la guerra. Las explosiones no solo dejan destrucción material, sino también un rastro de angustia en sus habitantes. Saghar, una joven de 31 años, relata cómo cada impacto sacude los cimientos de su hogar. “Cuando escuchamos el estruendo, dependiendo de qué tan cerca caiga, sentimos cómo vibran las puertas y las ventanas. Es como si la tierra misma se estremeciera bajo nuestros pies”, explica.
La rutina de los teheraníes se ha visto trastocada por la incertidumbre. Muchos han abandonado la ciudad en busca de refugio, mientras otros, como Samireh, permanecen en sus puestos de trabajo, enfrentando el peligro para atender a los heridos. “No podemos dejar de ayudar, aunque el miedo nos paralice”, afirma la enfermera, cuyo testimonio refleja la resiliencia de quienes se niegan a rendirse. Sin embargo, la tensión es palpable. Cada vez que suena una alarma o se escucha el zumbido de un dron, los rostros se tensan y los cuerpos se preparan para lo peor.
Las autoridades iraníes han reportado daños en infraestructuras críticas, incluyendo hospitales y centrales eléctricas, lo que agrava la crisis humanitaria. Mientras tanto, en las redes sociales circulan videos de edificios derrumbados y calles cubiertas de escombros, imágenes que contrastan con la vida cotidiana que alguna vez floreció en esta metrópoli. “Antes, Teherán era caos y bullicio; ahora es solo silencio y destrucción”, lamenta un residente que prefirió no identificarse.
La comunidad internacional ha expresado su preocupación por la escalada de violencia, pero en las calles de la capital iraní, la prioridad es sobrevivir un día más. Para Samireh, Saghar y miles de personas, cada amanecer es una pequeña victoria. “Rezamos para que esto termine pronto, pero mientras tanto, seguimos aquí, resistiendo”, dice la enfermera, con una mezcla de determinación y desesperanza. La guerra no solo ha cambiado el paisaje de Teherán, sino también el espíritu de quienes la habitan, obligados a adaptarse a una realidad donde el miedo y la esperanza se entrelazan en cada respiración.